A la memoria de Ítalo C.

Estimado Jacques:

Mi ciudad se llama Ar-He- Na.

A veces está y otras veces no. No es. Es como lo de “ser y no ser”. Como he dicho antes, a veces no es.

Cuando anochece, el lugar que ocupa la ciudad se convierte en un inmenso hormiguero humano. Todos trajinamos con la premura y la precisión de la tarea aprendida y realizada miles de veces y, como una simple cosa más, se levanta la ciudad casi sin hacer ruido. Sabido es  que para transitar el sueño nada es mejor que tener la espalda cubierta y la puerta cerrada. Animales somos.

Cuando amanece se invierte el proceso, se desmonta lo anoche montado y la ciudad deja de ser. Simplemente, ya no es.

Entonces laboramos el inmenso desierto de arena en el que vivimos.

Leo lo que he escrito y veo que el “laboramos” es una falacia para encubrir el robo.

Reescribo:

Entonces le robamos al inmenso desierto de arena en que vivimos, lo único que tiene. Le robamos la arena. Y lo hacemos con precisión y método. Al fin y al cabo, llevamos varias generaciones haciéndolo. Mi abuelo lo hacía, mi padre lo hacía, yo lo hago y, espero que mi hijo, también, lo haga.

Llenamos sacos, millones de sacos que alguien lleva a la costa y allí los desparrama día tras día. Nuestro desierto de arena debe parar a ése otro desierto líquido y salado que es el mar.

Pienso que si Dios existe, pienso que si Dios existe y no está distraído, pienso que si Dios existe y no está distraído y nos ve faenando en esta vil tarea, quizás, solo quizás, se apiade de nosotros y termine de alguna forma con todo esto. Con este eterno nunca acabar.

De forma extraña, nunca se hace en el lugar en que vivimos un inmenso pozo o un gran socavón. Por las mañanas, vemos siempre, un llano desierto de innumerable arena. Puede, no lo se, que la arena sea lo más parecido a la Nada.

Este fenómeno que en algún momento preocupó a los científicos, ahora lo aceptamos como algo natural, como el amanecer o la noche. Está ahí y no le damos más vueltas, no tiene sentido hacerlo.

El único día en que la ciudad es ciudad durante las horas de luz es el domingo. Nuestros antepasados, esos que cuentan en sus escritos las tareas de Dios en la Creación, dicen que el Señor el domingo descansó y, nosotros, lo imitamos.

A mediodía la ciudad es transitada por gente ociosa que ocupa sus calles, sus plazas y sus terrazas. El murmullo de las voces sorprende al viento del desierto que lo escucha con respeto. Sobre la hora de la comida la gente se recoge en sus casas y, ya en la sobremesa, pocos andan por las calles. Estas van quedando desiertas y como abandonadas. Si al anochecer, alguien, acaso descuidado o impelido por alguna urgencia camina por ellas, siente el horror que produce deambular por un cementerio.

Lector te lo dicho antes y te lo repito ahora: mi ciudad se llama Ar-He-Na.

No lo olvides, que el olvido se filtra entre los dedos como arena que cae.

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2 pensamientos en “A la memoria de Ítalo C.

  1. Recuerdos muy gratos me trae el encabezado del relato, pero no son del país Ar-He-Na. Como siempre he disfrutado del relato, he entrado en ese país, he razonado con los personajes, “Al fin y al cabo llevamos varias generaciones haciéndolo”. La literatura es esto, no? Vuecencia crea y yo, disfruto…

    Respetuoso saludo

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