Ciego

Estimado Jacques:

Supongo que las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir. No hay, para mí, otra explicación. Pienso que en las cosas de la vida, la física, la geometría y todas las ciencias en general no funcionan. En las cosas de la vida, intuyo que dos rectas paralelas se cruzan entre sí. Misterios indescifrables para los que miden y pesan.

El caso es  que la otra noche tropecé a un ciego. Leyó bien. Yo tropecé al ciego, no él a mí. Fue como a las once de la noche frente al Mercat Central.

Iba apurado, no lo vi y lo tiré al suelo.

Al tomarlo de las manos para ayudar a que se levantara le noté la piel pringosa y húmeda. Olía, como todos los ciegos, a alcanfor.

Lo invité a un café en un boliche cercano y, ahí, empezó la cosa.

El ciego me habló de los maravillosos ojos de una mujer. Ojos dorados, dijo y agregó misterioso, ojos de otro tiempo.

Supuse que había visto esos ojos antes de quedarse ciego, pero no hice ningún comentario, bastante duro era hablar de ver con uno que no ve.

—En el fondo de esos ojos, vi cosas terribles, guerra, sangre y espanto —continuó el ciego, y yo me callé, alentándole a hablar con mi silencio.

—Vi un vinoso ponto y cientos de negras naves, vi lanzas de fresno con puntas de bronce, vi yelmos y grebas, armaduras y espadas.

El ciego tembló de frío y, prosiguió casi como en una letanía.

—Vi hombres y superhombres.

—Como en un cómic—se me escapó sin darme cuenta y el ciego me miró con sus ojos de nada y me dijo que no fuera infantil, así que me callé, y el ciego siguió.

—Vi dioses y diosas y vi a un guerrero de un valor increíble y una pericia para la lucha y la batalla que ningún otro tenía. Además sus pies eran tan ligeros como el viento de otoño. Y vi a otro guerrero, famoso por domar los caballos más salvajes y, por lucir un tremolante casco que se veía en medio de la guerra más encarnizada, como si fuera un faro en la noche. Los vi pelear, vi a uno morir y ser deshonrado por hombres y perros.

El ciego calló y la noche se hizo más fría.

Por fin, le pregunté si había visto más cosas.

—Vi la astucia de un hombre astuto, vi un inmenso caballo de madera y vi sangre y llamas. Después lo vi a usted escuchándome y, lo vi, más tarde, contando lo que yo le conté, a otros hombres que a su vez se lo contaron a muchos más.

El ciego se levantó, me agradeció el café y se fue con su paso inseguro, bastón por delante. El golpeteo apagado de la madera forrada de goma rebotaba sordamente por las baldosas.

Le pregunté si conocía el nombre de la mujer de los ojos dorados.

—Helena.

Lo dijo sin volverse.

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4 pensamientos en “Ciego

  1. Bravo Alberto!!! Vuecencia lo ha logrado de nuevo… sujetarme a la silla y leer de un tirón un corto pero intensísimo relato. Ni siquiera he realizado las pausas para respirar que indican las comas y puntos…He disfrutado durante unos minutos. Es vuecencia de nacimiento, artista, de pensamiento, escritor.
    Honrado como siempre de poder ser su primer admirador

  2. Muy bien Alberto.
    ¡Como me gustaría poder escribir así!
    Aún con los ojos abiertos y viendo (aunque mal por las cataratas) me parece que otra vez estiy conversando contigo.
    Gracias por seguir siendo el Alberto que conocí.

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