Del cielo

Estimado Jacques:

Ayer me visitó el Arcángel Gabriel.

No se ría, que no es joda. Es verdad. No era el gordo de al lado con los pantys de su mujer, las alitas de un disfraz de la abeja Maya y una espada de plástico en la mano.

El coso éste era el arcángel Gabriel en vivo y en directo. No sé por donde entró, ya que las ventanas estaban cerradas y la puerta idem, pero en un suspiro ahí estaba, al otro lado de la mesa cuando yo iba a empezar a desayunar.

Una pinta bárbara el arcángel. Mide como metro noventa y parece una estatua clásica. Hasta en lo pálido parece una estatua, apenas un perfilado de rimel en los ojos. Y los ojos, amigo mío ¡qué ojos!, color de piscina limpia, antes que la usen los pibes del barrio durante una semana.

Hasta la ropa es pálida, unas mallas tipo bailarín de ballet color hueso y usa las medias esas, las que calientan las pantorrillas. Se ve que el arcángel está en todo.

Lo más espectacular son las alas, no son de pájaro, lo de las plumas es un engorro, más si uno es medio alérgico; tampoco son de mariposa, demasiados colores modernos- ¿se dio cuenta que las mariposas parecen cuadros abstractos?-, nada de eso, son de libélula. Como me oye, si lee en voz alta, si no, como me lee. Inmensas y tenues alas de libélula. Parecen hechas de papel celofán o, acaso- esto es un poco más escatológico-, de baba de caracol. Cuando las mueve suavemente despiden unos fulgores en tono pastel, entre celeste, amarillo patito y rosa bebé. Algo así como el reflejo que puede verse, en la calzada mojada por la lluvia, en un lugar en donde hay una mancha de aceite de coche.

Ya lo sé, no lo diga en voz alta. Que a usted, el arcángel le parece un poco blando. A mí, también. Pero no olvide que los de la sotana llevan cientos de años con el asunto del sexo de los ángeles, que si van o si vienen, que si se hacen morritos y se llaman Chuci entre ellos, ¿qué sé yo? El aludo bulto tiene. Bien marcado, como los bailarines de ballet.

El Gabriel este se parece al David de Miguel Ángel. Quizás, un poco más flaco, pero, eso sí, igual de serio o cabreado. Y lleva un tremendo espadón, tan grande como la espada del Cid Campeador que venden en los negocios para turistas.

Lo invité a desayunar y, sin decir una palabra, se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa. El arcángel no dijo ni pío, no abrió la boca mientras estuvo en mi casa. Pero no lo critico, al fin y al cabo, de qué íbamos a hablar un ser celestial como él, y un mamífero como yo, de nada, o de boludeces, y no digo que los arcángeles no hablen de boludeces, pero si lo hacen, será de sus boludeces. Boludeces angélicas y no groserías baratas como las que contamos en el club del barrio.

El caso es que lo invité a café, me miró y levantó la ceja izquierda. Eso es sí, pensé yo y le serví una taza. Lo invité a una tostada con margarina y levantó la ceja derecha. Quiere tostada, pensé, así que le di una que previamente unté con la materia grasa vegetal baja en colesterol. No dejé que la untara él, no fuera el caso que usara el espadón ése y me pinchara en un ojo. Creo que le gustó la tostada. No dejó ni las miguitas. Hay que ver desde cuando venía volando el arcángel. Dicen los teólogos que volar da hambre.

Cinco veces lo invité a café, y cinco veces levantó la ceja izquierda. A más tostadas, después de la tercera, no lo invité, porque me quedé sin pan. Con tanto café creo que el ángel se lo va a pasar meando y, digo yo, ¿meará mientras vuela o bajará a tierra para mear? Como no hablamos me va a quedar la duda. Parecíamos dos lores ingleses en un club privado londinense de la época victoriana, de esos que están en la misma mesa, chupando whiskey, y no se hablan una mierda. Los cosos british se miran y es como que no se vieran, como si pasaran con la mirada a través del otro y llegaran hasta la lontanánsica esa. La del horizonte, digo.

Cosas de los ingleses.

Hay gente que cuenta que lo visitó la virgen y le dijo tal cosa sobre esto o sobre aquello, sobre lo que va a pasar, cosas enquilombadas ¿vio? Otros dicen que vieron a un ángel y que les avisó de una catástrofe colosal, pero yo nada de eso, el arcángel no me dijo una mierda. Mudo el tipo. O será que los arcángeles no hablan  Qué sé yo.

Eso sí, yo lo miré bien. ¡Qué detalle para levantar la taza con café y llevársela hasta los labios! Se ve que es de buena cuna. Con que delicadeza cogía el asa de la taza entre el índice y el pulgar, manteniendo el meñique erecto. A éste arcángel es para llevarlo siempre a resturantes de la guía Michelin, eso sí, no lo lleve nunca a McDonalds porque se le cagan de risa si lo ven comer la hamburguesa con el dedo chiquito levantado.

Al cabo de una hora, más o menos, yo ya estaba podrido de tanto mirarlo, y creo, que a él, le pasaba lo mismo conmigo. Así que se cansó y se fue. Eso sí hizo una salida tipo Metro Goldwin Meyer: me miró fijo, se levantó como en cámara lenta, se estiró bien estirado, alzó el brazo izquierdo, mantuvo el derecho pegado al cuerpo y taloneó, igual que se hace en la piscina para subir desde el fondo hasta la superficie. Un leve temblor onduló en sus alas y en la habitación hubo un fulgor celeste-amarillo patito y rosa bebé, después se elevó y pasó a través del techo sin romperlo.

Un lujo la salida, de película en pantalla grande. Cecil B. de Mille y tutte le fiocchi.

Eso sí, la cagó el boludo, porque tuvo que volver a buscar la espada.

¡Qué lástima! Hubiera quedado linda en la sala, arriba de la falsa chimenea.

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