Del cielo

Estimado Jacques:

Ayer me visitó el Arcángel Gabriel.

No se ría, que no es joda. Es verdad. No era el gordo de al lado con los pantys de su mujer, las alitas de un disfraz de la abeja Maya y una espada de plástico en la mano.

El coso éste era el arcángel Gabriel en vivo y en directo. No sé por donde entró, ya que las ventanas estaban cerradas y la puerta idem, pero en un suspiro ahí estaba, al otro lado de la mesa cuando yo iba a empezar a desayunar.

Una pinta bárbara el arcángel. Mide como metro noventa y parece una estatua clásica. Hasta en lo pálido parece una estatua, apenas un perfilado de rimel en los ojos. Y los ojos, amigo mío ¡qué ojos!, color de piscina limpia, antes que la usen los pibes del barrio durante una semana.

Hasta la ropa es pálida, unas mallas tipo bailarín de ballet color hueso y usa las medias esas, las que calientan las pantorrillas. Se ve que el arcángel está en todo.

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Ciego

Estimado Jacques:

Supongo que las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir. No hay, para mí, otra explicación. Pienso que en las cosas de la vida, la física, la geometría y todas las ciencias en general no funcionan. En las cosas de la vida, intuyo que dos rectas paralelas se cruzan entre sí. Misterios indescifrables para los que miden y pesan.

El caso es  que la otra noche tropecé a un ciego. Leyó bien. Yo tropecé al ciego, no él a mí. Fue como a las once de la noche frente al Mercat Central.

Iba apurado, no lo vi y lo tiré al suelo.

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A la memoria de Ítalo C.

Estimado Jacques:

Mi ciudad se llama Ar-He- Na.

A veces está y otras veces no. No es. Es como lo de “ser y no ser”. Como he dicho antes, a veces no es.

Cuando anochece, el lugar que ocupa la ciudad se convierte en un inmenso hormiguero humano. Todos trajinamos con la premura y la precisión de la tarea aprendida y realizada miles de veces y, como una simple cosa más, se levanta la ciudad casi sin hacer ruido. Sabido es  que para transitar el sueño nada es mejor que tener la espalda cubierta y la puerta cerrada. Animales somos.

Cuando amanece se invierte el proceso, se desmonta lo anoche montado y la ciudad deja de ser. Simplemente, ya no es.

Entonces laboramos el inmenso desierto de arena en el que vivimos.

Leo lo que he escrito y veo que el “laboramos” es una falacia para encubrir el robo.

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Fin

Estimado Jacques:

No quiero alarmarlo o, acaso, asustarlo. Pero, el fin ha llegado. El maldito Fin de los Tiempos.

Nunca he sido catastrofista, ni siquiera he practicado la ecología fundamentalista, nunca por mi cabeza pasó el más ligero pensamiento sobre un cambio tan radical y veloz. Pensé, como algunos, que estábamos devastando el planeta día a día, pero supuse, que había decenios o centurias para que el crack se concretara. Nunca pensé en verlo en persona y el caso es que aquí está.

Ya está aquí. Ahora.

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Sinceridad

[Prólogo]

Estimado Jacques:

Cada vez me resulta más difícil llevar una doble vida ante sus ojos. De alguna forma, la extensa correspondencia epistolar que llevamos, hace terrible y agotador mantener mi impostura. No veo otra salida que sincerarme con usted. Eso sí, sólo le pido dos cosas que, para mí, son de suma importancia, la primera es que no lo comente con terceras personas ya que sería mi ruina y la segunda es que, a partir de ahora, no piense en mí con horror y hasta con asco.

Jacques, soy un pálido.

Sé que le puede parecer absurdo. Sé que le puede parecer una patraña. Sé que le puede parecer una tontería. No se engañe, amigo mío, no es absurdo, no es una patraña y, mucho menos, no es una tontería.

Hace tiempo que el mundo se dividió en dos mitades. No sea boludo, no piense en política. Hablo de lo realmente importante, de lo trascendente, de la vida en toda su lujuriosa gloria. ¡Gloria, Gloria, Aleluya! ¡Aleluya, Brothers!

Retomemos: se dividió en vampiros y en pálidos y yo elegí ser un pálido.

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Pasan

Prólogo

Estimado Jacques:

Estoy frente a la ventana.

Mientras mi mirada vaga distraída viendo sin ver, mi mente se entretiene en extraños devaneos. Pienso en que lugar se encuentra el Mar de la Imaginación, ese mar lleno de increíbles peces abisales, que luego de pescados se convierten en historias literarias, que llenan los platos de papel de comensales del restaurante Gutemberg. Me parece, pero no estoy del todo seguro, que cada pescador- escritor pesca, o escribe, para ganarle al aburrimiento cotidiano su partida de ajedrez. Al final, todo es jaque mate. Nunca tablas.

Pero ahí está. Ya pasa. Ya pasó.

Es el hombre de perfil.

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Lo que son las cosas

Prólogo

Estimado Jacques:

La vida es una caja de sorpresas. Perdone la frase hecha, pero es verdad, la pura verdad.

Uno sale de su casa y va por la calle pensando en sus boludeces y, al doblar la esquina, se encuentra con alguien del pasado, del pasado de uno y del de los demás.

¿Ya se está preguntando con quién me encontré, eh? ¿Ya está enganchado?

Con Fulcanelli, Jacques, con el mismísimo Fulcanelli.

No, con el gordo Fulcanelli, no. Ése tenía una zapatería para gordos como él, con zapatos chiquitos —¿se fijó que los gordos-gordos, tienen unos piecitos de mierda?

No, ese Fulcanelli tampoco, el que usted dice ahora es el Fulcanelli de los electrodomésticos. Yo le hablo del gran Fulcanelli, el famoso Fulcanelli. El del libro, Jacques, el del libro, y no me diga que no lo leyó. No me joda. ¿No leyó el libro de Fulcanelli? No me lo creo.

El Misterio de las Catedrales. Fulcanelli. Gran valor.

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