Ciego

Estimado Jacques:

Supongo que las cosas ocurren cuando tienen que ocurrir. No hay, para mí, otra explicación. Pienso que en las cosas de la vida, la física, la geometría y todas las ciencias en general no funcionan. En las cosas de la vida, intuyo que dos rectas paralelas se cruzan entre sí. Misterios indescifrables para los que miden y pesan.

El caso es  que la otra noche tropecé a un ciego. Leyó bien. Yo tropecé al ciego, no él a mí. Fue como a las once de la noche frente al Mercat Central.

Iba apurado, no lo vi y lo tiré al suelo.

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A la memoria de Ítalo C.

Estimado Jacques:

Mi ciudad se llama Ar-He- Na.

A veces está y otras veces no. No es. Es como lo de “ser y no ser”. Como he dicho antes, a veces no es.

Cuando anochece, el lugar que ocupa la ciudad se convierte en un inmenso hormiguero humano. Todos trajinamos con la premura y la precisión de la tarea aprendida y realizada miles de veces y, como una simple cosa más, se levanta la ciudad casi sin hacer ruido. Sabido es  que para transitar el sueño nada es mejor que tener la espalda cubierta y la puerta cerrada. Animales somos.

Cuando amanece se invierte el proceso, se desmonta lo anoche montado y la ciudad deja de ser. Simplemente, ya no es.

Entonces laboramos el inmenso desierto de arena en el que vivimos.

Leo lo que he escrito y veo que el “laboramos” es una falacia para encubrir el robo.

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